Movimiento eclesial nacido en Argentina recibe aprobación pontificia


BUENOS AIRES, 01 Nov. 08 / 11:04 pm (ACI).- El movimiento "Hogares Nuevos - Obra de Cristo" fundado por el P. Ricardo E. Facci en Santa Fe (Argentina) recibirá la aprobación Pontificia en Roma el próximo 11 de noviembre.

El decreto de la Santa Sede, con fecha 24 de octubre, será entregado al mencionado sacerdote fundador, acompañado por una delegación de los miembros; en la sede el Pontificio Consejo para los Laicos.

El movimiento, cuyo principal campo apostólico es la familia, recibe esta aprobación "a 26 años de realizarse el primer 'Encuentro de Matrimonios' en la ciudad de Rufino" (Santa Fe), lugar donde el P. Facci inició su obra.

Asimismo, el 12 de noviembre, la delegación asistirá a una audiencia con el Papa Benedicto XVI, en la que agradecerán al Sumo Pontífice la aprobación otorgada.

El movimiento Hogares Nuevos-Obra de Cristo fue fundado el 24 de octubre de 1982 y busca responder al llamado del Papa Juan Pablo II en su documento Familiaris Consortio para "amar de manera particular a las familias". Asimismo cuenta con "diferentes comunidades de vida como 'Hogares Nuevos', 'Hijos de Hogares Nuevos', además de los espacios 'Misioneras de la Familia' y 'Sacerdotes Misioneros de la Familia'".

Fuente: ACI Prensa

Ángelus: El Papa invita a renovar la esperanza en la vida eterna

Domingo, 2 nov (RV).- En este trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario el Santo Padre Benedicto XVI ha presidido, ante los cientos de fieles congregados en la plaza de san Pedro del Vaticano, el rezo mariano del Ángelus, durante el que ha recordado la celebración de ayer de la fiesta de Todos los Santos que permitió “contemplar la ciudad del cielo, la Jerusalén celeste que es nuestra madre”.

“Hoy con el alma dirigida a esta realidad última –ha dicho el Papa en su alocución previa al rezo del Ángelus- conmemoramos a todos los fieles difuntos que nos han precedido con el signo de la fe y duermen el sueño en paz”. En este sentido el Pontífice ha subrayado la importancia de que los cristianos “vivamos la relación con los difuntos en la verdad de la fe, y miremos a la muerte y al más allá en la luz de la revelación”.

De hecho el apóstol Pablo, escribiendo a las primeras comunidades, exhortaba a los fieles a no estar tristes como aquellos que no tienen esperanza porque, “si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera que Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús”. (1 Ts 4,13-14) “Es necesario también hoy evangelizar la realidad de la muerte y de la vida eterna, realidad particularmente sujeta a creencias supersticiosas y a sincretismos, para que la verdad cristiana no arriesgue mezclarse con mitologías de todo tipo”.

Precisamente Benedicto XVI en su Encíclica sobre la esperanza cristiana, se pregunta sobre el misterio de la vida eterna con interrogantes como: ¿La fe cristiana es también para los hombres de hoy una esperanza que transforma y sustenta sus vidas?; ¿los hombres y mujeres de nuestra época desean todavía hoy la vida eterna?; o quizá la existencia terrenal ¿se ha transformado en su único horizonte?

El Papa ha respondido citando a san Agustín: todos queremos “una vida beata”, la felicidad. “No sabemos bien cómo es –ha proseguido explicando Benedicto XVI- pero nos sentimos atraídos hacia ella. Ésta es una esperanza universal, común a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares”. De hecho la expresión “vida eterna” quiere dar un nombre a esta espera. Una plenitud de vida y de felicidad: es esto lo que esperamos de nuestro ser con Cristo.

En este sentido el Papa ha invitado a que “renovemos en el día de hoy la esperanza de la vida eterna fundada en la muerte y en la resurrección de Cristo”: “La esperanza cristiana no es solamente individual, sino que también es siempre la esperanza de los demás. Nuestras existencias están profundamente unidas las unas a las otras, y el bien y el mal que cada uno realiza, toca siempre también a los demás. De este modo la oración de un alma peregrina en el mundo, puede ayudar a otras almas que se están purificando tras la muerte. Es por esto que la Iglesia nos invita a rezar por nuestros queridos difuntos y a detenernos ante sus tumbas en los cementerios. Que María, estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna y acompañe nuestra oración de sufragio por los fieles difuntos”.

Y tras el rezo mariano del Ángelus y el responso por los fieles difuntos, Benedicto XVI ha saludado, como es tradicional a todos los fieles en varios idiomas. Éstas han sido sus palabras en español: “Saludo con afecto a los fieles de lengua española aquí presentes. En la conmemoración de los fieles difuntos, la Iglesia con amor maternal, nos invita a ofrecer sufragios por nuestros seres queridos que han dejado ya este mundo, y de modo especial por los más necesitados de la misericordia de Dios. En nuestra oración personal y en el Sacrificio Eucarístico, pedimos al Señor que los purifique totalmente para que puedan gozar de la paz y del descanso eterno. Que Dios os bendiga”.

Fuente: Radio Vaticana

Un criminal entre 56 inocentes

La lectura de la carta del rey dejó a Jenaro sumido en graves reflexiones. ¡Qué difícil encargo le hacía! Ser severo y misericordioso al mismo tiempo… y para colmo, en la prisión de Castel dell’Ovo!

Se cuenta que en el antiguo reino de Nápoles, mucho antes de la invasión de las tropas francesas, había muerto el gran consejero, en cuya sabiduría se apoyaba el soberano para gobernar la nación, y ahora este último vacilaba en nombrar al que debía sustituirlo.

Se inclinaba por un amigo suyo llamado Jenaro, un juez experimentado y hombre íntegro que no titubeaba en dar público testimonio de su fe. Pero el importante cargo era codiciado también por otros personajes de la corte, y el rey debía evitar los choques entre partidos. Buscando la manera de nombrar a Jenaro sin herir susceptibilidades, tuvo por fin una idea brillante: “Jenaro es sin duda el magistrado más competente de todo el reino. Voy a plantearle un caso muy intrincado, y doy por hecho que lo resolverá.
Con una demostración pública de su capacidad, nadie podrá discutir su nombramiento…”

Una vez tomada la decisión, el soberano envió una carta a Jenaro:

“Necesito tu valioso auxilio para resolver una compleja materia. A menudo llegan hasta mí quejas de la justicia napolitana, a la que se acusa de dura e inflexible. Con el propósito de verificar si estas quejas tienen fundamento, quiero que se examine el procesamiento de algunos condenados. Para ello, he elegido la prisión de Castel dell’Ovo, donde están confinados los peores criminales de Nápoles.

“Por lo tanto, te envío a dicho lugar para revisar el proceso de cada reo. Me confío a la agudeza de tu inteligencia y a tu amplio conocimiento jurídico. Sé que ofrecerás una pública demostración de misericordia, sin lastimar la justicia ni la ley que imperan desde hace siglos en nuestro reino.

“Acompaña a esta carta un Decreto Real que te otorga facultades para administrar justicia en nombre mío ante los encarcelados de Castel dell’Ovo”.

* * *
La lectura de la carta dejó al magistrado sumido en graves pensamientos. ¡Qué difícil encargo le hacía el rey! Ser severo y misericordioso al mismo tiempo, ¡y para colmo en la prisión de Castel dell’Ovo! Pero Jenaro no era hombre que huyera de los problemas. Invocó la protección de san Ivo, patrono de los abogados, se despidió de su esposa y partió a la fortaleza-prisión.

Los medios de transporte de aquel tiempo no eran tan rápidos como los actuales; y cuando Jenaro llegó al mal afamado presidio, ya había corrido por todas partes la noticia del desafío jurídico que lo aguardaba.

Las reacciones eran dispares: mientras algunos consideraban imposible emplear misericordia con alguno de tales criminales, otros temían que el juez, en un arranque de liberalidad, dejara la justicia a un lado para soltar a unos pocos. Pero todos concordaban en la complejidad del caso, que ponía en juego la competencia profesional de Jenaro tanto como la bondad que se espera de un magistrado católico.

* * *
La primera medida tomada por Jenaro fue reunir en el patio a todos los reclusos, un total de 57. ¡Qué aspecto! Cada rostro era una estampa del vicio.

Sobre su mesa se acumulaban los procesos: asesinatos, robos, secuestros y otros crímenes tan viles que no cabe mencionarlos. Los reclusos hablaban entre sí en un dialecto propio. Un bandido con el ojo con un parche y la nariz torcida comentó:

–Mo’… Este juez es un beato… ¡Si sigue lo que dice la Biblia tiene que soltarnos!

Otro delincuente, con el rostro mar­cado por una gran cicatriz, agregó:

–¡Miren!, no hay nada más que ver su cara para saber que esta tarde es­taremos en la calle.

Viéndolos a todos reunidos, Jena­ro los llamó uno a uno, debidamente escoltados, para tomarles declaración. Al llegar el primero le preguntó:

–Y bien, ¿por qué estás aquí?
El criminal, mejorando su cara has­ta donde podía, se declaró inocente, víctima de calumnias y de tribunales injustos, para concluir con cinismo:

–Estoy seguro que ahora recibiré la libertad que merezco por derecho, como hombre honesto que soy.
El juez escuchó con atención y pidió al escribano registrar la declaración en su libro. A continuación vino el segun­do, luego el tercero, el cuarto… hasta llegar a 56 reos. Todos declaraban su inocencia alegando los más variados motivos, y Jenaro se mostraba com­padecido por las injusticias que aque­llos hombres decían haber sufrido. Los guardias comentaban entre sí: “¿Será posible que el juez crea las mentiras de estos bandidos? ¡Ni el hombre más in­genuo les daría crédito!”

Por fin llegó el último. Era un mu­chacho flaco e imberbe, que no supe­raba los 19 años. No tenía la arrogan­cia del resto, más bien se acercaba tí­mido y cabizbajo. Sentía vergüen­za de presentarse ante el juez, repre­sentante de la justicia y del rey. Tan­to desentonaba con los demás, que el magistrado consultó al respecto con el comisario de policía.

–¿Ése? El pobre chico es huérfa­no, un labrador sin empleo. Fue cap­turado ayer robando legumbres y fru­tas en la feria. Si está aquí es porque cometió el delito en las cercanías, pe­ro en breve será trasladado a una cár­cel de baja peligrosidad, antes que le den aquí la “bienvenida”…

El juez frunció el ceño, miró fija­mente al muchacho y le preguntó:
–Y tú, joven bellaco, ¿qué me di­ces a tu favor?

Inclinando todavía más la cabeza, el pobre muchacho dijo con un hilo de voz:

–Nada señor… Robé, y eso es pe­cado. Manché el nombre de mi difun­to padre y desobedecí la enseñanza de mi madre sobre los mandamien­tos. Merezco pagar en la cárcel lo que hice, porque fue malo.
El magistrado se mostró todavía más serio y sentenció:

–¡Basta! Con este caso conclu­yo mi misión en nombre del rey. En cuanto a los 56 declarantes anterio­res, todos afirmaron su más comple­ta inocencia. Cosa muy admirable en una sociedad tan corrupta como la nuestra.

Y dando un fuerte golpe con el martillo de madera, proclamó:
–En nombre de Su Majestad, de­claro inocentes a los otros 56.

Los criminales sonrieron satisfe­chos mientras los guardias se mira­ban de reojo, incrédulos y abismados. El juez prosiguió:

–Decido también que el Estado napolitano ha de asumir la custodia de vuestra inocencia contra la mal­dad imperante allá afuera. Así pues, todos habréis de seguir en esta cárcel por tiempo indefinido bajo protec­ción policial.
Se volvió de inmediato hacia el chico que había prestado la última declaración:

–Y tú, pérfido, que tan descara­damente reconoces tus crímenes, yo te expulso de aquí para evitar que tu malicia contamine a 56 inocen­tes. Huérfano, hambriento y des­empleado… te condeno a ser con­tratado como jardinero en el Tribu­nal de Nápoles. Búscame después para concertar el cumplimiento de tu pena. ¡Guardias! Llévenselo has­ta la iglesia más cercana por si quie­re confesarse, y castíguenlo con una buena merienda antes de nuestra partida.

* * *
¡Vaya giro! Estupefactos, los cri­minales quedaron sin habla mien­tras los guardias sonreían de satis­facción.
La noticia del espectacular jui­cio corrió por todo el reino, y Jena­rio fue nombrado gran consejero. El rey se mostró muy complacido al ver que su amigo no lo había decepciona­do y, naturalmente, nadie se atrevió a cuestionar el nombramiento de un juez tan justo y sagaz.

En cuanto al “pérfido” muchacho, fue contratado como jardinero del Tribunal, bendiciendo al magistrado que lo consideró el único criminal en­tre 56 inocentes...

María Lucilia Morazzani Arráiz
Revista Heraldos del Evangelio No. 37, agosto 2,006